Poema: Tan tú, tan real, me gustas así

Todo nos habla, habla de nosotros,
nosotros una forma de habitar el mundo.

Habitar es estar, conectar, bien-estar,
el bruno atrapasueños colgado del techo
adornado de estrellas artificiales
y brochazos rojos, negros y blancos
sobre una delgada capa de azul mi cielo eres tú.

El abismo se halla en el abismo.
El fin modifica los medios.

La mujer se cortó las venas.
Vendrá el hambre y éxodo, sentenció el toro rojo.
El hombre se cortó las venas.
Llegará la sed, puntualizó el conejo.
La esperanza envolvió la semilla del Yggdrasil.

Los sueños y los humanos poseen la misma esencia.
Guardamos reliquias y tesoros,
elementos significativos para nosotros,
de los cuales echa mano la creatividad:
memoria emotiva,
punto de partida de la resignificación de los espacios.

A veces el aroma a mar fresco
devela el misterio de la luz que entra a través de las cortinas rojas
y las paredes rojas le sonríen al muñeco de paja
junto al osito de peluche con corbata verde, y al hombrecillo de tela reciclada,
ojos y corazón de botón.
A veces el aroma a lavanda
revela el jugueteo de las palmas rojas de las manos estampadas
en las paredes blancas, blancas como las noches
en las que Conejo hablaba
de su infancia, de su ahora, de sus anhelos,
antes de saltar a la Luna.
A veces la cama es una nube aroma a flores
y en la suavidad de las sábanas y las cobijas el sueño
es un viaje,
una exploración
a través de los sentidos,
una autopsia del ser
para ser.

Una habitación es una amalgama de sentidos,
un estallido de emociones,
un lugar de encuentro entre contrarios: música onírica

—Air, de Johann Sebastian Bach—,
y música cotidiana
—zumbidos de mosca, ladridos, grilleos—.

La habitación posibilita
la creación de puentes
hacia el sentir pensante, al pensar consciente,
a la voz del silencio,
el latido del corazón mecánico,
el no lugar de tu sonrisa.

Cuento | Tsavaniha: amor de Dios

Kimba y Junior ladraban con desesperación y enojo. Estaba sola en casa; papá y Geral había llevado al médico a mi hermana. Encendí todas las luces y la televisión. Tomé el teléfono y le marqué a mi abuelita, para tranquilizarme un poco. No contestó. Temblado y con la boca reseca fui a la cocina por un vaso con agua. Los ladridos cada vez eran más rabiosos, como cuando Geral me contó de la muerte de su hermano Aldo.

Al terminar de beber se me cayó el vaso, y me corté cuando estaba recogiendo los vidrios. La herida era pequeña, así que fui a la recamara por un curita.

Golpearon con fuerza el zaguán, salté del susto y corrí a la sala. Lo primero en lo que pensé fue en llamarle a papá.

—¿Qué tienes, Tsavaniha? ¿Qué pasó? —contestó Geral.

—Kimba y Junior no dejan de ladrar, y hace un ratito golpearon con fuerza el zaguán. Tengo mucho miedo. Le marqué a mi abuelita, pero no contestó —le dije con la voz entrecortada.

—¿Agarraste el libro de Gog, verdad? —me dijo Geral preocupada y con enojo—. ¡Ay, Tsavaniha! Márcale a Borre y cierra bien las puertas, ya no tardamos en volver. Tengo que colgar están revisando a Itza.

Antes de marcarle a Borre, recordé lo que Geral me había contado acerca de la muerte de su hermano y el libro.

El libro no era de Aldo. Aldo lo agarró a escondidas del cuarto de Dan, su hermano mayor, sin temor a la advertencia que le había hecho.

—Si el libro te elige, por ningún motivo debes terminarlo de leer o una desgracia ocurrirá —le dijo Dan serio—. Sólo hay dos maneras de que no sea así. La primera, regalarlo una vez que los monjes que aparecen, en las noches cuando lo lees, no hasta el final, te lo indican. Y la segunda, abrir tu corazón con fe al perdón celestial y hacerte responsable de tus actos. La culpa es una sombra entre sombras que te devora igual que las hormigas al cadáver de un grillo, y buscas escapar en diversiones triviales.

Llorando le marqué a Borre. Kimba y Junior ladraban feroces en la puerta trasera de la casa. Me salí a asomar en lo que Borre contestaba.

—Bueno, ¿Tsavi? ¿Por qué gritas? ¿Qué pasa?

—¡Ven rápido, Borre! ¡Hay sombras parecidas a un monje en el patio! ¡Apúrate!

Corrí a la recamara y cerré la puerta. Oí cómo golpeaban a Kimba y a Junior. Sus chillidos me erizaron la piel, y se me hizo un nudo en el estómago. El estruendo de los vidrios de la cocina, al romperse, me dejó inmóvil y con la mente casi a oscuras. Pasaron dos o tres minutos, de profundo miedo, hasta que comencé a rezar el salmo veintitrés:

El Señor es mi pastor;
nada me falta.
En verdes praderas me hace descansar,
a las aguas tranquilas me conduce,
me da nuevas fuerzas
y me lleva por caminos rectos,
haciendo honor a su nombre.

Aunque pase por el más oscuro de los valles,
no temeré peligro alguno,
porque tú, Señor, estás conmigo;
tu vara y tu bastón me inspiran confianza.

Me has preparado un banquete
ante los ojos de mis enemigos;
has vertido perfume en mi cabeza,
y has llenado mi copa a rebosar.

Tu bondad y tu amor me acompañan
a lo largo de mis días,
y en tu casa, oh Señor, por siempre viviré.

El silencio iluminó la casa. Dejé de temblar. Sonó mi celular. Era Borre. Respiré hondo y salí corriendo a abrirle. Me abrazó fuerte, y Dan nos abrazó ambas. Les conté rápido lo que sucedió. Entramos a la casa. Dan fue a ver cómo estaban Kimba y Junior. Borre y yo recogimos los vidrios.

Cuando llegaron mi papá, Geral y mi hermana, les confesé que a la leche de Itza le había echado un laxante porque había agarrado mi patín sin permiso. Me disculpé con ella y con todos. Y Dan me dijo:

—El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Primera carta a los Corintios capítulo trece, versículos del cuatro al siete.

Dan se llevó el libro. Kimba y Junior sólo tenían unos cuantos raspones en el hocico. Itza me abrazó, mi papá habló conmigo, y Geral acompañó a Borre y a Dan a la puerta.

Poema: Sencillez y candor

Agua, sangre cristalina de la Tierra,
llueves y en ti el corazón la vida encierra.

Eres río, lágrima, líquido vuelo.
Eres lago: de sol, de luna, ojo, cielo.
Eres mar, saliva, salino consuelo.

Agua, cascada, empapada cabellera,
tiendes camas de nubes y el ser espera,
sonriente en invierno, de la primavera.

Eres brisa, tormenta, jamás la guerra.
Es la sed humana árido seco anhelo.
Eres gota, manantial, noche primera.

Cuento: Hambre

Eran casi las seis de la tarde, mamá no estaba en casa y nuestras tripas gruñían más fuerte que el Goliat cuando te acercabas a su comida. Jugueteando bajamos a la cocina. Antonio estaba ahí comiendo sopa cruda. Él tenía tres años; Vicente, siete; y yo, ocho. Le quité la bolsa a Antonio y Vicente abrió el refrigerador. Nos dijo que había tres huevos, tres tortillas duras y un tercio de bolsa de leche. Sonreímos, y Vicente sugirió que nos comiéramos los huevos crudos. Le dije que no porque tal vez a Antonio le daría asco, que mejor intentáramos hacerlos revueltos y dorar las tortillas igual que lo hacía mamá. Molesto me dijo que no podríamos. Le respondí que sí, que habíamos visto muchas veces hacerlo a mamá y que no parecía tan difícil. Cuando las tripas gruñen uno es capaz de casi todo. Vicente frunció su ceño y volteamos a ver a Antonio, quien ahora gateaba abajo de la mesa con sus cochecitos cerca del Goliat. Le insistí que lo hiciéramos y le pedí que fuera a lavar unos vasos para servir la leche en lo que yo preparaba el sartén y el comal. Para que aceptara le dije que le daría un poco más. Cuando las tripas gruñen hasta un pellejito es más que bueno. Sin decir nada salió corriendo de la cocina, y cuando regresó al sartén y al comal les faltaba calentarse un tantito. Sirvió la leche y luego me pasó el aceite y los huevos; acercó otra silla a la estufa y puso las tortillas en el comal. Olía delicioso a pesar del aspecto tostado y viscoso de los huevos, y el color negro carbón en algunas partes de las tortillas. Emocionados apagamos las parrillas de la estufa y saltamos de las sillas. Sin embargo, la felicidad dura poco. Mamá entró con una bolsa de plástico en la mano, el Goliat huyó desesperado y Antonio gritó y lloró como cuando se cayó de la cama. Mamá aventó la bolsa a la mesa, se agachó a buscar a Antonio, lo cargó y espantada se fue con él.

Eran casi las diez de la noche cuando mamá abrió la bolsa. Antonio estaba tan feliz de cenar pollo rostizado, que olvido los vendoletes en su ceja derecha por morderle de la emoción la cola al Goliat. Dormimos contentos. Los huevos se quedaron en el sartén y las tortillas en el comal.

Poema: Detrás de la luz también hay oscuridad

Incluso si nuestro destino no está marcado
por un “Siempre jamás”: cuidaré de ti
con respeto, cariño y comprensión.

Honraré tu presencia en mi vida con acciones
y no con promesas fugaces.
Seré tu espada y tu escudo
cuando así lo requieras, escucha y silencio,
distancia y cercanía.

Habrá momentos difíciles y desacuerdos,
insomnio y aburrimiento, ¿para qué mentir?
Y aun así estoy dispuesto a enfrentarlos contigo:
mirando hacia adelante, aprendiendo de las caídas,
y olvidando para conservarnos
con el corazón agradecido y sonriente.

Hasta que la magia entre tú y yo se agote,
seamos nuestro propio presente cada día.