Cuento | Tsavaniha: amor de Dios

Kimba y Junior ladraban con desesperación y enojo. Estaba sola en casa; papá y Geral había llevado al médico a mi hermana. Encendí todas las luces y la televisión. Tomé el teléfono y le marqué a mi abuelita, para tranquilizarme un poco. No contestó. Temblado y con la boca reseca fui a la cocina por un vaso con agua. Los ladridos cada vez eran más rabiosos, como cuando Geral me contó de la muerte de su hermano Aldo.

Al terminar de beber se me cayó el vaso, y me corté cuando estaba recogiendo los vidrios. La herida era pequeña, así que fui a la recamara por un curita.

Golpearon con fuerza el zaguán, salté del susto y corrí a la sala. Lo primero en lo que pensé fue en llamarle a papá.

—¿Qué tienes, Tsavaniha? ¿Qué pasó? —contestó Geral.

—Kimba y Junior no dejan de ladrar, y hace un ratito golpearon con fuerza el zaguán. Tengo mucho miedo. Le marqué a mi abuelita, pero no contestó —le dije con la voz entrecortada.

—¿Agarraste el libro de Gog, verdad? —me dijo Geral preocupada y con enojo—. ¡Ay, Tsavaniha! Márcale a Borre y cierra bien las puertas, ya no tardamos en volver. Tengo que colgar están revisando a Itza.

Antes de marcarle a Borre, recordé lo que Geral me había contado acerca de la muerte de su hermano y el libro.

El libro no era de Aldo. Aldo lo agarró a escondidas del cuarto de Dan, su hermano mayor, sin temor a la advertencia que le había hecho.

—Si el libro te elige, por ningún motivo debes terminarlo de leer o una desgracia ocurrirá —le dijo Dan serio—. Sólo hay dos maneras de que no sea así. La primera, regalarlo una vez que los monjes que aparecen, en las noches cuando lo lees, no hasta el final, te lo indican. Y la segunda, abrir tu corazón con fe al perdón celestial y hacerte responsable de tus actos. La culpa es una sombra entre sombras que te devora igual que las hormigas al cadáver de un grillo, y buscas escapar en diversiones triviales.

Llorando le marqué a Borre. Kimba y Junior ladraban feroces en la puerta trasera de la casa. Me salí a asomar en lo que Borre contestaba.

—Bueno, ¿Tsavi? ¿Por qué gritas? ¿Qué pasa?

—¡Ven rápido, Borre! ¡Hay sombras parecidas a un monje en el patio! ¡Apúrate!

Corrí a la recamara y cerré la puerta. Oí cómo golpeaban a Kimba y a Junior. Sus chillidos me erizaron la piel, y se me hizo un nudo en el estómago. El estruendo de los vidrios de la cocina, al romperse, me dejó inmóvil y con la mente casi a oscuras. Pasaron dos o tres minutos, de profundo miedo, hasta que comencé a rezar el salmo veintitrés:

El Señor es mi pastor;
nada me falta.
En verdes praderas me hace descansar,
a las aguas tranquilas me conduce,
me da nuevas fuerzas
y me lleva por caminos rectos,
haciendo honor a su nombre.

Aunque pase por el más oscuro de los valles,
no temeré peligro alguno,
porque tú, Señor, estás conmigo;
tu vara y tu bastón me inspiran confianza.

Me has preparado un banquete
ante los ojos de mis enemigos;
has vertido perfume en mi cabeza,
y has llenado mi copa a rebosar.

Tu bondad y tu amor me acompañan
a lo largo de mis días,
y en tu casa, oh Señor, por siempre viviré.

El silencio iluminó la casa. Dejé de temblar. Sonó mi celular. Era Borre. Respiré hondo y salí corriendo a abrirle. Me abrazó fuerte, y Dan nos abrazó ambas. Les conté rápido lo que sucedió. Entramos a la casa. Dan fue a ver cómo estaban Kimba y Junior. Borre y yo recogimos los vidrios.

Cuando llegaron mi papá, Geral y mi hermana, les confesé que a la leche de Itza le había echado un laxante porque había agarrado mi patín sin permiso. Me disculpé con ella y con todos. Y Dan me dijo:

—El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Primera carta a los Corintios capítulo trece, versículos del cuatro al siete.

Dan se llevó el libro. Kimba y Junior sólo tenían unos cuantos raspones en el hocico. Itza me abrazó, mi papá habló conmigo, y Geral acompañó a Borre y a Dan a la puerta.

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Relato: Siempre entre las sombras acecha la angustia

Primer “Diablo”: La noche ciega. Segundo “Diablo”: La euforia de la música. “Tercer “Diablo”: La advertencia evadida. Camino a la fiesta me encontré, en diferentes lugares, a tres personas. Una me dijo que no bebiera demasiado, porque notó la humedad en mis ojos. Otra, que lo evitara porque me temblaban las manos. Y la última que mejor regresara a casa, porque cuando la oscuridad está inquieta se devora a sí misma. A cada una le sonreí y di las gracias. Cuarto “Diablo”: El autoabandono. Quinto “Diablo”: El olvido propio. Sexto “Diablo”: La desolación. Mareado me senté por un rato, luego salí a vomitar detrás de un ficus. Séptimo “Diablo”: Tambaleando, con un cigarro en la mano izquierda, y un vaso en la derecha, di la vuelta en la calle que da directo a casa. Me recargué en una pared. Mi respiración aumentaba. Tiré el cigarro, para medio conservar el equilibrio, y di unos cuantos pasos. Lo que se abalanzó contra mí era más grande que un San Bernardo adulto. Caí de nalgas y mi espalda amortiguó el golpe seco de mi cabeza en la banqueta. Alguien gritó mi nombre, y pedía ayuda antes aquella bestia me desgarrara hasta el alma.

Poema: Hoja suicida

Todo existir humano es un invento.
Ni tú ni yo tenemos valor para Natura,
accidente cósmico,
engaño del Tiempo sediento de placer inmediato:
desnudarte igual que la palabra deseo:
despacio, sensual, onírico.
Me miras y te miro, y al final somos de la Nada,
oscuridad total, sosiego, calma,
el cuerpo de un perro agusanado a mitad de la calle.

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Cuento: Un hogar

I
En una época en la que la población gatuna aumentaba a diario, la comida escaseaba; y el secuestro de humanos y el asalto a casas y violaciones, eran algo cotidiano. Por eso durante cinco semanas Oei e Io permanecieron dentro de casa, en tiempos interesantes un hogar da calma y seguridad.

—Volverá, Io. Joe volverá. Confiemos en él, mientras debemos cuidarnos.

—Sí —ronroneó Io, saltó temblando hacia una de las ventanas y se asomó con cautela—. Los siete gatos negros aún nos vigilan. Lo harán esta noche.

Oei notó preocupación en la mirada grisazulada de Io, le ordenó que se bajara y le propuso que una vez ellos adentro ellas irían a pedir ayuda al pastor alemán de la vecina: Monster. Io aceptó.

II
Corrieron. La ventana del cuarto de Joe estaba abierta. Uno de los gatos alcanzó a tumbar a Oei. Io se le aferró al cuello, Oei le arrancó una oreja. Ambas saltaron.

III
Al verlas, Monster entendió la situación.

IV
La tarde que Joe regresó a casa, fue una de las más felices para Oei e Io. Habían pasado dos meses desde la última vez que desayunaron con él.