Los ataúdes

Para Paulina Monroy

Macetas de caoba
para cultivar orquídeas con ojos
en algún sótano o cuarto abandonado;
la luz, de la ciudad o del bosque,
los hiere, los marchita, los resquebraja;
la oscuridad y el polvo
los sanan, los renuevan, los embellecen.

Ellos manosean.
Ellos degustan.
Ellos contemplan.
Ellos respiran.
Ellos escuchan.

Hablan de pesadillas
cuando se les deja por mucho tiempo
frente a un espejo; se preguntan:

¿Quién eres? ¿Estás seguro de que eres tú?
¿Te perteneces? ¿Te vives? ¿Te asumes?
¿Te representas, proyectas, o sólo reproduces?
¿A qué le tienes miedo? ¿Crees en ti?
¿Qué necesitas? ¿Qué buscas? ¿Te gustas?

Ellos descubren.
Ellos comprenden.
Ellos aprenden.
Ellos entienden.
Ellos comparten.

Depósitos de nombres
que una vez que te encuentran
aprovechan tu vulnerabilidad humana,
frente a las emociones cotidianas,
y te encantan y te abrazan y te atrapan;
una vez en su interior serás
nada más un recuerdo, un suspiro material.

Ellos imaginan.
Ellos hablan.
Ellos caminan.
Ellos callan.
Ellos ensueñan.

Cajas de cristal
para cultivar girasoles con corazón,
en algún jardín o patio habitado;
el grito, de la calle o del cementerio,
ni los atemoriza ni los intimida ni los limita;
la música y el silencio
los entretienen, los divierten, los purifican.

Ellos conocen.
Ellos protegen.
Ellos seducen.
Ellos renacen.
Ellos mueren.

Ganador del VI Certamen Internacional de Poesía Fantástica miNatura 2014

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En la cuerda floja

Estaba solo.

Natalia llamó a la una cincuenta y uno de la tarde y me dijo que estaba cerca de casa, que si podía pasar a verme. Con cierta desgana le dije que sí y le pregunté que en cuánto tiempo llegaría para estar pendiente. Me respondió que en quince o veinte minutos. Bien, afirmé y colgué el teléfono. Después entré al baño a lavarme la cara y a echarme agua en el cabello. Me puse desodorante, una playera limpia y me cambié los calcetines.

Bajé el volumen de la computadora y me dispuse a limpiar un poco la casa antes de que Natalia llegara.

Estaba trapeando la cocina cuando oí que tocaron la puerta: era Natalia. La saludé, invité a pasar y mientras subíamos las escaleras le dije lo que estaba haciendo, ella de manera amable se ofreció a ayudarme. Me negué. Payaso, dijo ella. ¡Anda! mejor siéntate junto al polvoso árbol de Navidad, le dije serio. Ella sonrió.

¡Jodido!

La espuma del último trago se deslizó lenta y viscosa hacia el fondo de la botella como mi saliva en el cuerpo de Natalia; como la suya en el mío.

¡Qué puto asco y fastidio es coger por necesidad y desolación!

Estaba solo.

Publicado en: Antología de Cuento Breve “Solo”, Arista Editorial, 2015

solo

Camino al sueño

A Hadkyn

Dominé mi naturaleza inquieta, enderecé mi espalda, saqué mi pecho y caminé a su ritmo para transmitirle seguridad.

Por la dirección en que la íbamos pensé que visitaríamos a un primo que vive cerca de casa. Me entusiasmé y el paisaje urbano me pareció más agradable y menos secreto: aunque el viento era frío, el Sol resplandecía en el azul desnudo. El verde de los ficus y de las palmeras brillaba alegre. En el aire el olor de las tortillas recién salidas de la máquina y el aroma a pollo fresco y a verduras del día se mezclaban delicados. Los rayones en algunas fachadas pasaron a ser simples líneas para borrarse con aguarrás, y el sonido de los motores (de motocicletas y automóviles) fue armonioso. Jamás lo olvidaré.

Una calma comparable a la de acompañarlo junto a mis hermanos, más allá de la plaza donde se juntan los abandonados, se percibía cada que (en zigzag) cruzábamos la calle. Su intención era evitar que fuéramos sorprendidos por algún vecino rabioso. Nos sabía cuidar y defender.

Nos detuvimos afuera del local donde nos llevaba a comprar galletas y nos sentamos a esperar. Cuando vi en sus ojos un dejo de tristeza anunciada supuse la razón.

—¿Susi?

—El aprecio se conserva hasta el infinito.

Publicado en Revista Infame Núm. 7: Lucidez onírica

Laura Trisot

Puedes conocer más acerca del trabajo de Laura Trisot en los enlaces siguientes:

Blog http://lauratrisot.jimdo.com/

Canal de Youtube http://goo.gl/R0SzG7

Humanidad

Tú, que sobrevuelas libre los mares
a la luz del sol al amanecer,
calma la tristeza de las ciudades
con el sonido de tu canto etéreo.

Tú, que pasas el tiempo sin pesares
jugando en nubes al atardecer,
matiza el gris de las realidades
con los resplandores de tu aleteo.

Tú, que recorres mágicos lugares
sin vacilación al anochecer,
sosiega el disgusto de las deidades
con tu tierno y cálido coqueteo.

Tú, avecilla de cuerpo y blancas alas,
humedece de esperanza estas tierras:
es la inocencia azul de tu interior
el remedio al mal llamado rencor.

Publicado en Revista El Humo: Aves

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