Poema: El día que mi humano lloró

Para L.

De la casa al trabajo,
del trabajo a la casa,
sin importar si había,
en el celeste terráqueo,
grises nubes eléctricas
dispuestas a estallar,
o canarios robot
dichosos de cantar,
lo dejaba correr
con su lunar conejo.
Sonriendo cada día,
le leía en las noches,
poemas y cuentitos,
que él mismo le escribía,
acerca de la Tierra
y las constelaciones,
cuerpos de luz virtuales.

Por verlo siempre vivo,
mi existir dado hubiera;
pero la edad orgánica,
enfermedad del tiempo,
cuerpo y memoria, oxida.

A punto de apagarse,
lánguido musitó:
“Amarte es mi alegría,
que incluso yendo a Marte,
como cósmica espora,
semilla de energía,
no dejarás de ser,
el más grande motivo,
para en el Universo
encontrarte de nuevo,
peludo verso blanco”.
Abrazó a su mascota,
complicidad amante,
del corazón latir.
Los ojos le cerré,
y le sequé una lágrima,
es grato ser humano.

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Cuento: El trino del Diablo

De la frialdad de la celda de castigo aprendí a olvidar las expectativas; y de la calidez de un día de verano en el parque, a valorar la realidad. Ojalá hubiera entendido antes las palabras de mi padre. Ojalá hubiera aprendido antes las lecciones de mi madre. Sin disciplina el talento es sordo. Mi padre me decía que el talento no basta sin práctica. Mi madre me enseñaba a tocar el violín todas las noches. A los doce años ya sabía lo básico. Me emocionaba ver la sonrisa de mi padre y de mi madre, era como percibir un tercer sonido. Ojalá que todas las variaciones de nuestra vida fueran armoniosas. A los dieciocho encontré a Lucef en las jardineras afuera del edificio donde vivíamos.

—¡Hey! ¿Qué pasa, Giusepp? Te noto irritado —dijo encendiendo un cigarro—. Venga, relájate.

—Otra vez mis viejos —dije extendiendo mi mano para tomar el cigarro—. Insisten e insisten en que practique más de tres horas al día. ¡Pero vaya que son molestos! Sé que puedo tocar la pieza que me pongan con maestría.

Lucef se carcajeó acostándose en la jardinera.

—Mira, Giusepp, iré contigo sin rodeos —dijo con un tono fuerte de voz, mientras exhalaba una gran bocanada de humo—. Tengo un negocio que nos dejará forrados y te podrás librar de tus molestias y vivir por mucho tiempo tranquilo. Igual hasta a tus viejos los podrás ayudar a comprar una casa y dejar este muladar. Piénsalo: no más lecciones, no más palabras. Libertad a bajo costo y con gran ganancia.

En mi mente se formaron en allegro imágenes de lujos y comodidad, cuando oí la cantidad que obtendría. A veces el mínimo esfuerzo corrompe. Acepté sin titubear.

Cuando entre al apartamento, mi padre estaba sentado en el sillón escuchando Concierto para violín, cuerdas y bajo continuo, en La mayor D.96, de Tartini. Mi madre salió de la cocina.

—Esta noche estás libre —dijo acercándose a mí, para abrazarme—. Te quiero, hijo, cada día lo haces mejor. Pronto podrás encantar a un gran público.

Correspondí indiferente al gesto y me fui a mi cuarto.

A las cuatro de la mañana cerré sigiloso la puerta del apartamento. Me puse los audífonos para tranquilizarme. Sonata violín no. 17 Andante cantábile, de Tartini, sonó en mis oídos. En movimiento lento me encaminé al lugar de la cita.

—¡Eh, Guisepp! Me alegra que hayas decidido —dijo Lucef antes de tirar la colilla de su cigarro y pisarla—. ¡Venga! Vámonos, esto apremia.

Llegamos a un parque a dos horas de nuestro barrio. Ahí lo estaban esperando dos tipos altos. Nos acercamos. Lusef se quitó la mochila que negra que traía en el hombro. Se las entregó en minueto. Nos encañonaron. Se oyeron sirenas. Luego disparos. Caímos. Gritos. Luces azules y rojas. Sangre desparramándose en el suelo. De fondo Sonata para violín y bajo continuo nº 17. Allegro, de Tartini.

Vi llorar a mi padre y a mi madre. Lo oí suplicar libertad. La música salva del deterioro. Durante mi estancia en cárcel, siempre que podía, reproducía en mi mente cada obra que me había enseñado mi madre. Pronto conseguí un violín. Los días pasaban en un nuevo allegro. Ojalá nunca se rompiera la armonía.

Faltaba tres semanas para cumplir mí condena. Caminaba hacia mi celda. Los rumores son una cuerda rota, surgen en el momento menos indicado. Era mi vida o la del otro. Se rompió mi violín.

Nos trasladaron al hospital. Fueron más años para mí, duros años. Mi padre me decía que la paciencia, unida a la perseverancia, da valor. Después de algunos meses conseguí un nuevo violín. Practiqué y practiqué, como lo hacía con mi madre, cada vez con más ahínco; tanto que el director me propuso que diera una presentación en el auditorio principal. El empeño, recompensa.

Cuando íbamos de regreso a casa mi padre puso en el autoestéreo Concierto Bucólico para violín, cuerdas y bajo continuo en Re mayor, de Tartini.

—Me alegra que estés con nosotros, hijo —dijo mi madre sonriendo en allegro—. La vida está llena de movimientos inesperados, por eso hay que ser constante en lo que destacas. En cada nota aparece algo desconocido.

Bajamos del auto, Lucef esperaba afuera del edificio. Les dije a madre y a mi padre que se adelantaran. Tenía cosas que arreglar.

—Tiempo sin verte, Giusepp —dijo encendiendo un cigarrillo—. Tengo algo para ti, pero tendrás que acompañarme.

Lucef tenía las venas de sus ojos inflamadas, enrojecidas. Me negué con firmeza. Lucef insistió con voz agresiva y ronca.

—¡Vete a la mierda! —le dije dándole la espalda—. La facilidad es tentadora, y en su minuet arropa, pero su nuevo allegro es efímero.

Se carcajeó.

Entré al edificio. Mareado caí de las escaleras.

Ahora cuadripléjico, en el parque escucho lo que pude tocar. La arrogancia traiciona.

Poema | D. de dulzura

Llueve y el polvo ahora es lodo,
y las manos de los muertos ondean las cortinas,
y la oscuridad será espesa y pesada,
más que una lápida abandonada. Tiembla el silencio,
un hogar sin llave, no es un hogar.
Las moscas se suicidan igual que las palabras,
y tu nombre me revienta el hocico,
y mis labios sangran al ritmo de I Like You, de Morrisey.
Y es que “Te amo” como jamás pensé amar en vida.
Y es que entre más pienso en ti, menos quiero morirme.

Si mañana despiertas, y yo no, recuérdame en un anochecer
naranja, brillante y tierno de primavera.
La sonrisa de mi tristeza eres tú.

Minificción: Corazón alado

Durante la primavera, un colibrí jugueteaba en el jardín. Perla lo miraba, desde la ventana de su habitación, cuando su madre corría las cortinas. Hace dos años se cayó de un jacaranda, por salvar los huevos de un nido. Su abuela una vez le contó que el colibrí es un pájaro muy especial porque está encargado de llevar, de un lugar a otro, los deseos y pensamientos de los dioses. El día de su accidente, leía en el parque. Unos niños pasaron detrás de ella diciendo lo que harían. Perla se adelantó a los hechos. Una piedra se estrelló en su cabeza. Cerró los ojos, voló, se detuvo. Si la inocencia se confunde con arrebato, hiere, lastima, daña. Los niños corrieron al verla en el suelo. Cuando abrió los ojos estaba en el hospital, cuadripléjica. Lloró junto a su madre y su abuela. En casa imagina que se detiene en el aire frente a una dalia morada. Aceptar los cambios no es sencillo, tampoco imposible, le dijo su abuela un día en que la notó muy triste. Su madre se sienta a su lado. Sonríe. El colibrí está en el borde de la ventana. Duerme. Perla y el colibrí vuelan.