VII poemitas y una canción de cuna para Ann

*
De sol caricia,
de luna blanco beso:
tu “Hola”, tu “Adiós”.

*
De chocolate
dos chispitas oscuras:
tus dulces ojos.

*
Cálido soplo
de invierno a primavera:
tu voz, tu nombre.

*
Nacen suspiros,
y de ellos fantasías,
cuando sonríes.

*
El color rosa
de tus labios primeros
seduce, encanta.

*
Te miro y tiemblo,
es tu mirada, humana,
un bello infierno.

*
Angélica alma,
brotas lid en mi mente;
nombrarte es caos.

*
Libérate de Todo,
allá Nada te espera,
un ensueño es un sueño,
rocío astral de instantes
apagándose en ti.

Allá Nada te espera,
navegando en un barco,
gozando de sí misma,
ésta reirá contigo;
libérate de Todo,
imagínate estrella,
centella o supernova;
allá Nada te espera.

Suspirando en silencio,
árboles cristalinos
nacerán en tu pecho,
cajita musical,
humano corazón;
es hora de dormir,
zafiros luz explotan.

Relato: Historias carmesí

Al ver a Carmilla, Jonathan Harker quedó paralizado durante algunos minutos. La joven lo tomó del brazo y lo invitó a caminar por el pasillo del hospital. El reloj marcaba medianoche, el silencio era un mausoleo y la penumbra los acompañaba. Llegaron frente a un ventanal. Ambos se miraron.

—Mi nombre es el de la novela corta escrita por Sheridan Le Fanu en 1872, precursora de la de Bram Stoker —sentenció susurrando la pálida joven mientras acercaba sus rojos labios escarlata a los de Jonathan, quien le acariciaba extasiado su negro cabello —. No te preocupes. Tu abuela ya descansa y, quizá, pronto estarás con ella. Detrás de toda historia hay una historia, un origen y un final.

Una leve ráfaga de frío viento erizó la piel de Jonathan Harker, que corrió hasta la habitación donde estaba su abuela. Ella había muerto, y él pensó en Carmilla y en Drácula.

 

Poema: El Sombrerero

Para L.

Una noche más que se irá,
otra sin escribirte,
una más que pasaré sentado en el balcón
hasta llegar la madrugada.

¿Qué te hace atractiva?
¿Tu mirada que dice: “Quiero tu cuerpo
como lienzo de mis caricias,
para dibujar en él un par de tardes azul desnudo;
y que el mío sea la hoja en blanco
donde a besos escribas un poema que recuerdes
mientras me apago, libre,
en habitaciones y lugares de paso”?

¿Qué te hace especial?
¿El reloj musical dentro de tu pecho?

¿Qué te hace adictiva?
¿Tu boca que sugiere: “Con elegancia humedece
el rosa natural de mis labios.
Luego sé prudente
al beber el agüita de coco que brota de ellos.
Al final derramaré en ti, y para ti,
ansias de alcanzar a tu níveo conejo”?

Una noche más que se irá, otra sin escribirte,
una más que pasaré sentado en el balcón,
hasta llegar la madrugada,
pensando en tu alma de Cheshire.

Relato: El fin de la escritura

I
Despiertas. Te levantas. Después de dos horas de sueño. Es suficiente, piensas. Los ojos te arden. Tus huesos y músculos te pesan. Tienes un sabor amargo en la boca. Hay que leer y escribir. Escribir y leer. Sin encender la luz de tu habitación sales a la sala. Buscas el control remoto de la televisión en el escritorio donde está tu computadora. Lo encuentras. Te sientas en la silla que hace tres días compraste. Enciendes la televisión. Una luz azulina ilumina el entorno. Cambias de canal hasta encontrar un noticiero. Hay que leer, escribir y estar informado. Estar informado, escribir y leer.Para fortuna tuya es poco el tiempo que te lleva hacerlo. Pulsas el botón de encendido de la PC. Enciende. Posas tu mirada en la parte inferior derecha de la pantalla para distinguir la hora. Son las seis quince de la mañana. Hay que escribir y leer. Leer y escribir. Oyes una voz ajena a la de noticiero. ¡Qué importa!, dices para ti.

Lo primero que haces en la computadora es abrir los textos que dejaste pendientes para leer: Historia de Cronopios y de Famas de Julio Cortázar; El Arco y la Lira de Octavio Paz; Poesía Completa de Efraín Huerta; Los Muros del Agua de José Revueltas; Textos literarios: Corrientes, géneros y formas de expresión; La comunicación no verbal de Gema Sánchez Benítez; Poemas y Antipoemas de Nicanor Parra; Penumbria Núm. Cero; Aniuta de Antón Chéjov; Mortinatos de Miguel Antonio Lupián Soto; y, Dirás que soy un soñador de Bernardo Monroy. Después, abres los archivos del cuento y los poemas en los que estás trabajando. Hay que leer y escribir. Escribir y leer.

Los ojos te duelen. Sientes tu boca seca. Revisas tu correo electrónico. La bandeja de entrada está vacía. Abres los textos que enviaste. Los revisas. Algo fue mal. Tres faltas de ortografía en uno, y dos en otro. ¡Vaya!, exclamas condescendiente. Tus dedos se entumecen. Hay que leer y escribir. Escribir y leer.

Te das un breve masaje en la sien. A cualquiera le pudo pasar, dices. Tú eres más que cualquiera, lo sabes. Quien mucho escribe se pierde. Quien poco lo hace se olvida, escribes. Te levantas. Vas a la cocina por algo que tomar. Café frío. Suspiras. Hay que leer, escribir y alimentarse. Alimentarse, escribir y leer.

Además de la ollita del café, tomas unas cuantas galletas de chocolate rellenas de crema. Vuelves a la silla. Vuelves frente al monitor de la PC. Mientras tú te alimentas hay alguien escribiendo. Mientras tú te alimentas hay alguien leyendo, lees en uno de tus poemas. Hay que leer y escribir. Escribir y leer. De nuevo oyes una voz. Te llama. ¡Qué interesa!, pronuncias. Caes de la silla. Y te preguntas: ¿Cuándo la escritura se volvió un ejercicio de tortura para mí?

II
Duermes. Una voz te habla. La escuchas remota. Hay que leer. El silencio. La calma. Sin sed. Sin hambre. Sin temor. Para escribir: preciso, justo, vital. Te dice. Siempre hay algo que aprehender. Siempre hay algo que contar. Hay que leer y escribir. Escribir y leer.

Evocas las palabras de Juliana García: “La escritura es un medio por el cual el ser humano se comunica con la vida”.

Publicado en: Revista Monolito XVIII

Poema: Los ataúdes

Para Paulina Monroy

Macetas de caoba
para cultivar orquídeas con ojos
en algún sótano o cuarto abandonado;
la luz, de la ciudad o del bosque,
los hiere, los marchita, los resquebraja;
la oscuridad y el polvo
los sanan, los renuevan, los embellecen.

Ellos manosean.
Ellos degustan.
Ellos contemplan.
Ellos respiran.
Ellos escuchan.

Hablan de pesadillas
cuando se les deja por mucho tiempo
frente a un espejo; se preguntan:

¿Quién eres? ¿Estás seguro de que eres tú?
¿Te perteneces? ¿Te vives? ¿Te asumes?
¿Te representas, proyectas, o sólo reproduces?
¿A qué le tienes miedo? ¿Crees en ti?
¿Qué necesitas? ¿Qué buscas? ¿Te gustas?

Ellos descubren.
Ellos comprenden.
Ellos aprenden.
Ellos entienden.
Ellos comparten.

Depósitos de nombres
que una vez que te encuentran
aprovechan tu vulnerabilidad humana,
frente a las emociones cotidianas,
y te encantan y te abrazan y te atrapan;
una vez en su interior serás
nada más un recuerdo, un suspiro material.

Ellos imaginan.
Ellos hablan.
Ellos caminan.
Ellos callan.
Ellos ensueñan.

Cajas de cristal
para cultivar girasoles con corazón,
en algún jardín o patio habitado;
el grito, de la calle o del cementerio,
ni los atemoriza ni los intimida ni los limita;
la música y el silencio
los entretienen, los divierten, los purifican.

Ellos conocen.
Ellos protegen.
Ellos seducen.
Ellos renacen.
Ellos mueren.

Ganador del VI Certamen Internacional de Poesía Fantástica miNatura 2014

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