Cuento: En la cuerda floja

Estaba solo.

Natalia llamó a la una cincuenta y uno de la tarde y me dijo que estaba cerca de casa, que si podía pasar a verme. Con cierta desgana le dije que sí y le pregunté que en cuánto tiempo llegaría para estar pendiente. Me respondió que en quince o veinte minutos. Bien, afirmé y colgué el teléfono. Después entré al baño a lavarme la cara y a echarme agua en el cabello. Me puse desodorante, una playera limpia y me cambié los calcetines.

Bajé el volumen de la computadora y me dispuse a limpiar un poco la casa antes de que Natalia llegara.

Estaba trapeando la cocina cuando oí que tocaron la puerta: era Natalia. La saludé, invité a pasar y mientras subíamos las escaleras le dije lo que estaba haciendo, ella de manera amable se ofreció a ayudarme. Me negué. Payaso, dijo ella. ¡Anda! mejor siéntate junto al polvoso árbol de Navidad, le dije serio. Ella sonrió.

¡Jodido!

La espuma del último trago se deslizó lenta y viscosa hacia el fondo de la botella como mi saliva en el cuerpo de Natalia; como la suya en el mío.

¡Qué puto asco y fastidio es coger por necesidad y desolación!

Estaba solo.

Publicado en: Antología de Cuento Breve “Solo”, Arista Editorial, 2015

solo

Minificción: Camino al sueño

A Hadkyn

Dominé mi naturaleza inquieta, enderecé mi espalda, saqué mi pecho y caminé a su ritmo para transmitirle seguridad.

Por la dirección en que la íbamos pensé que visitaríamos a un primo que vive cerca de casa. Me entusiasmé y el paisaje urbano me pareció más agradable y menos secreto: aunque el viento era frío, el Sol resplandecía en el azul desnudo. El verde de los ficus y de las palmeras brillaba alegre. En el aire el olor de las tortillas recién salidas de la máquina y el aroma a pollo fresco y a verduras del día se mezclaban delicados. Los rayones en algunas fachadas pasaron a ser simples líneas para borrarse con aguarrás, y el sonido de los motores (de motocicletas y automóviles) fue armonioso. Jamás lo olvidaré.

Una calma comparable a la de acompañarlo junto a mis hermanos, más allá de la plaza donde se juntan los abandonados, se percibía cada que (en zigzag) cruzábamos la calle. Su intención era evitar que fuéramos sorprendidos por algún vecino rabioso. Nos sabía cuidar y defender.

Nos detuvimos afuera del local donde nos llevaba a comprar galletas y nos sentamos a esperar. Cuando vi en sus ojos un dejo de tristeza anunciada supuse la razón.

—¿Susi?

—El aprecio se conserva hasta el infinito.

Publicado en Revista Infame Núm. 7: Lucidez onírica

Laura Trisot

Puedes conocer más acerca del trabajo de Laura Trisot en los enlaces siguientes:

Blog http://lauratrisot.jimdo.com/

Canal de Youtube http://goo.gl/R0SzG7

Poema: Humanidad

Tú, que sobrevuelas libre los mares
a la luz del sol al amanecer,
calma la tristeza de las ciudades
con el sonido de tu canto etéreo.

Tú, que pasas el tiempo sin pesares
jugando en nubes al atardecer,
matiza el gris de las realidades
con los resplandores de tu aleteo.

Tú, que recorres mágicos lugares
sin vacilación al anochecer,
sosiega el disgusto de las deidades
con tu tierno y cálido coqueteo.

Tú, avecilla de cuerpo y blancas alas,
humedece de esperanza estas tierras:
es la inocencia azul de tu interior
el remedio al mal llamado rencor.

Publicado en Revista El Humo: Aves

tulip-65789_1280 httppixabay.comes

Relato: Insomnio

Tu amor llegó calladamente;
calladamente se me fue…
José Ángel Buesa, Canción de la búsqueda

I
Es una noche cálida y apacible, pero tú te levantas de la cama. Vas a la sala, enciendes la luz, tomas el cuaderno y el lápiz que están cerca de su retrato, te sientas frente al escritorio y escribes:

Tacho y Nancy

Con un montón de ganas de encontrarse con Nancy, Tacho estuvo puntual en el lugar de la cita. Quería decirle a Nancy que ya había encontrado trabajo y que ahora sí ya iba a dejar de beber con la bandita de la tienda. Sin embargo, Nancy se desmaquillaba; cumpliría su palabra:“Esta es la última oportunidad que te doy, Tacho. Acuérdate que el amor es más que un trago y otro de promesas”.

Una semana antes, Nancy encontró a Tacho en la tienda con cerveza en mano.

II
El amor es un soplo de vida que llega y se va, piensas y escribes:

El maniquí

Mira, observa y contempla el vaivén de cientos de personas al día. Pero en quien pone mayor atención es en el joven que mete en bolsas plásticas los productos con los que la gente llena algunos de sus espacios en blanco.

El tiempo pasa. Las sombras lo rodean. Quisiera cerrar los ojos. Quisiera despegarse de la base que lo mantiene en pie, soñar dormido y encontrar la sonrisa de aquel joven que le regaló un fresco soplo de vida antes de irse. Una mosca le recuerda su condición.

Mira, observa y contempla: callado, inmóvil. En un parpadeo el soplo que refresca la profundidad interna del ser puede presentarse otra vez.

III
¿Por qué escribes? ¿Para qué escribes? Te preguntas, recuerdas su aroma y escribes:

Norma y Rosa

En pocos días mezclaron sus aromas, y para ambas fue tan delicioso que decidieron barrer la basura de un lugar en común en vez de tomarse fotos en cualquier parte. No obstante, desde la noche en que Rosa percibió un ligero aroma a naranja en la ropa de Norma: el olor de Norma le sabe a agua purificada. Y a Norma el de Rosa a agua de limón sin azúcar. Ambas se resisten a tomar una decisión a pesar de que han advertido cómo ese aroma que las unió se desvanece tal aroma de café a medida que va enfriándose. Y ambas lidian con los días en los que Norma piensa en separarse de Rosa, y con los días en los que Rosa piensa en separarse de Norma:

Recuerdan que cuando se conocieron a Norma le gustó el aroma a sandía de Rosa, y a Rosa el aroma a melón de Norma.

El amor a primer olfato es difícil de olvidar.

IV
Te detienes un momento. Una lágrima recorre tu mejilla, cae sobre la hoja y humedece las palabras y tu alma, escribes:

Luna carmesí

Dafne abrió el pecho de Vincent, le sacó el corazón, cortó éste en pedazos pequeños y, tranquila, se sentó a comerlos. Después de saciar su codicioso apetito, se desnudó y se bañó en la sangre de Vincent. Un ardor abrasador la incineró de adentro hacia afuera.

Cegada por el desamor de la Hechicera del Reino del Norte, Dafne olvidó que la sangre y la carne de dragón son tan mortíferas para el cuerpo como la desolación para el alma.

V
Dejas de escribir. Te levantas, colocas el cuaderno y el lápiz cerca de su retrato, apagas la luz y te vas de la sala. Es una noche cálida y apacible, recuerdas: Escribes para responderte su ausencia, escribes porque te liberas y reencuentras, escribes para reinventar tu mundo, escribes porque deseas salvarte del autoabandono.

Selene te mira entre sombras.

Publicado en Revista El Humo: Noche

net-361328_1280