Relato: El fin de la escritura

I
Despiertas. Te levantas. Después de dos horas de sueño. Es suficiente, piensas. Los ojos te arden. Tus huesos y músculos te pesan. Tienes un sabor amargo en la boca. Hay que leer y escribir. Escribir y leer. Sin encender la luz de tu habitación sales a la sala. Buscas el control remoto de la televisión en el escritorio donde está tu computadora. Lo encuentras. Te sientas en la silla que hace tres días compraste. Enciendes la televisión. Una luz azulina ilumina el entorno. Cambias de canal hasta encontrar un noticiero. Hay que leer, escribir y estar informado. Estar informado, escribir y leer.Para fortuna tuya es poco el tiempo que te lleva hacerlo. Pulsas el botón de encendido de la PC. Enciende. Posas tu mirada en la parte inferior derecha de la pantalla para distinguir la hora. Son las seis quince de la mañana. Hay que escribir y leer. Leer y escribir. Oyes una voz ajena a la de noticiero. ¡Qué importa!, dices para ti.

Lo primero que haces en la computadora es abrir los textos que dejaste pendientes para leer: Historia de Cronopios y de Famas de Julio Cortázar; El Arco y la Lira de Octavio Paz; Poesía Completa de Efraín Huerta; Los Muros del Agua de José Revueltas; Textos literarios: Corrientes, géneros y formas de expresión; La comunicación no verbal de Gema Sánchez Benítez; Poemas y Antipoemas de Nicanor Parra; Penumbria Núm. Cero; Aniuta de Antón Chéjov; Mortinatos de Miguel Antonio Lupián Soto; y, Dirás que soy un soñador de Bernardo Monroy. Después, abres los archivos del cuento y los poemas en los que estás trabajando. Hay que leer y escribir. Escribir y leer.

Los ojos te duelen. Sientes tu boca seca. Revisas tu correo electrónico. La bandeja de entrada está vacía. Abres los textos que enviaste. Los revisas. Algo fue mal. Tres faltas de ortografía en uno, y dos en otro. ¡Vaya!, exclamas condescendiente. Tus dedos se entumecen. Hay que leer y escribir. Escribir y leer.

Te das un breve masaje en la sien. A cualquiera le pudo pasar, dices. Tú eres más que cualquiera, lo sabes. Quien mucho escribe se pierde. Quien poco lo hace se olvida, escribes. Te levantas. Vas a la cocina por algo que tomar. Café frío. Suspiras. Hay que leer, escribir y alimentarse. Alimentarse, escribir y leer.

Además de la ollita del café, tomas unas cuantas galletas de chocolate rellenas de crema. Vuelves a la silla. Vuelves frente al monitor de la PC. Mientras tú te alimentas hay alguien escribiendo. Mientras tú te alimentas hay alguien leyendo, lees en uno de tus poemas. Hay que leer y escribir. Escribir y leer. De nuevo oyes una voz. Te llama. ¡Qué interesa!, pronuncias. Caes de la silla. Y te preguntas: ¿Cuándo la escritura se volvió un ejercicio de tortura para mí?

II
Duermes. Una voz te habla. La escuchas remota. Hay que leer. El silencio. La calma. Sin sed. Sin hambre. Sin temor. Para escribir: preciso, justo, vital. Te dice. Siempre hay algo que aprehender. Siempre hay algo que contar. Hay que leer y escribir. Escribir y leer.

Evocas las palabras de Juliana García: “La escritura es un medio por el cual el ser humano se comunica con la vida”.

Publicado en: Revista Monolito XVIII

Poema: Los ataúdes

Para Paulina Monroy

Macetas de caoba
para cultivar orquídeas con ojos
en algún sótano o cuarto abandonado;
la luz, de la ciudad o del bosque,
los hiere, los marchita, los resquebraja;
la oscuridad y el polvo
los sanan, los renuevan, los embellecen.

Ellos manosean.
Ellos degustan.
Ellos contemplan.
Ellos respiran.
Ellos escuchan.

Hablan de pesadillas
cuando se les deja por mucho tiempo
frente a un espejo; se preguntan:

¿Quién eres? ¿Estás seguro de que eres tú?
¿Te perteneces? ¿Te vives? ¿Te asumes?
¿Te representas, proyectas, o sólo reproduces?
¿A qué le tienes miedo? ¿Crees en ti?
¿Qué necesitas? ¿Qué buscas? ¿Te gustas?

Ellos descubren.
Ellos comprenden.
Ellos aprenden.
Ellos entienden.
Ellos comparten.

Depósitos de nombres
que una vez que te encuentran
aprovechan tu vulnerabilidad humana,
frente a las emociones cotidianas,
y te encantan y te abrazan y te atrapan;
una vez en su interior serás
nada más un recuerdo, un suspiro material.

Ellos imaginan.
Ellos hablan.
Ellos caminan.
Ellos callan.
Ellos ensueñan.

Cajas de cristal
para cultivar girasoles con corazón,
en algún jardín o patio habitado;
el grito, de la calle o del cementerio,
ni los atemoriza ni los intimida ni los limita;
la música y el silencio
los entretienen, los divierten, los purifican.

Ellos conocen.
Ellos protegen.
Ellos seducen.
Ellos renacen.
Ellos mueren.

Ganador del VI Certamen Internacional de Poesía Fantástica miNatura 2014

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Cuento: En la cuerda floja

Estaba solo.

Natalia llamó a la una cincuenta y uno de la tarde y me dijo que estaba cerca de casa, que si podía pasar a verme. Con cierta desgana le dije que sí y le pregunté que en cuánto tiempo llegaría para estar pendiente. Me respondió que en quince o veinte minutos. Bien, afirmé y colgué el teléfono. Después entré al baño a lavarme la cara y a echarme agua en el cabello. Me puse desodorante, una playera limpia y me cambié los calcetines.

Bajé el volumen de la computadora y me dispuse a limpiar un poco la casa antes de que Natalia llegara.

Estaba trapeando la cocina cuando oí que tocaron la puerta: era Natalia. La saludé, invité a pasar y mientras subíamos las escaleras le dije lo que estaba haciendo, ella de manera amable se ofreció a ayudarme. Me negué. Payaso, dijo ella. ¡Anda! mejor siéntate junto al polvoso árbol de Navidad, le dije serio. Ella sonrió.

¡Jodido!

La espuma del último trago se deslizó lenta y viscosa hacia el fondo de la botella como mi saliva en el cuerpo de Natalia; como la suya en el mío.

¡Qué puto asco y fastidio es coger por necesidad y desolación!

Estaba solo.

Publicado en: Antología de Cuento Breve “Solo”, Arista Editorial, 2015

solo

Minificción: Camino al sueño

A Hadkyn

Dominé mi naturaleza inquieta, enderecé mi espalda, saqué mi pecho y caminé a su ritmo para transmitirle seguridad.

Por la dirección en que la íbamos pensé que visitaríamos a un primo que vive cerca de casa. Me entusiasmé y el paisaje urbano me pareció más agradable y menos secreto: aunque el viento era frío, el Sol resplandecía en el azul desnudo. El verde de los ficus y de las palmeras brillaba alegre. En el aire el olor de las tortillas recién salidas de la máquina y el aroma a pollo fresco y a verduras del día se mezclaban delicados. Los rayones en algunas fachadas pasaron a ser simples líneas para borrarse con aguarrás, y el sonido de los motores (de motocicletas y automóviles) fue armonioso. Jamás lo olvidaré.

Una calma comparable a la de acompañarlo junto a mis hermanos, más allá de la plaza donde se juntan los abandonados, se percibía cada que (en zigzag) cruzábamos la calle. Su intención era evitar que fuéramos sorprendidos por algún vecino rabioso. Nos sabía cuidar y defender.

Nos detuvimos afuera del local donde nos llevaba a comprar galletas y nos sentamos a esperar. Cuando vi en sus ojos un dejo de tristeza anunciada supuse la razón.

—¿Susi?

—El aprecio se conserva hasta el infinito.

Publicado en Revista Infame Núm. 7: Lucidez onírica

Laura Trisot

Puedes conocer más acerca del trabajo de Laura Trisot en los enlaces siguientes:

Blog http://lauratrisot.jimdo.com/

Canal de Youtube http://goo.gl/R0SzG7