Estaba solo.

Natalia llamó a la una cincuenta y uno de la tarde y me dijo que estaba cerca de casa, que si podía pasar a verme. Con cierta desgana le dije que sí y le pregunté que en cuánto tiempo llegaría para estar pendiente. Me respondió que en quince o veinte minutos. Bien, afirmé y colgué el teléfono. Después entré al baño a lavarme la cara y a echarme agua en el cabello. Me puse desodorante, una playera limpia y me cambié los calcetines.

Bajé el volumen de la computadora y me dispuse a limpiar un poco la casa antes de que Natalia llegara.

Estaba trapeando la cocina cuando oí que tocaron la puerta: era Natalia. La saludé, invité a pasar y mientras subíamos las escaleras le dije lo que estaba haciendo, ella de manera amable se ofreció a ayudarme. Me negué. Payaso, dijo ella. ¡Anda! mejor siéntate junto al polvoso árbol de Navidad, le dije serio. Ella sonrió.

¡Jodido!

La espuma del último trago se deslizó lenta y viscosa hacia el fondo de la botella como mi saliva en el cuerpo de Natalia; como la suya en el mío.

¡Qué puto asco y fastidio es coger por necesidad y desolación!

Estaba solo.

Publicado en: Antología de Cuento Breve “Solo”, Arista Editorial, 2015

solo

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