Tú, que sobrevuelas libre los mares
a la luz del sol al amanecer,
calma la tristeza de las ciudades
con el sonido de tu canto etéreo.

Tú, que pasas el tiempo sin pesares
jugando en nubes al atardecer,
matiza el gris de las realidades
con los resplandores de tu aleteo.

Tú, que recorres mágicos lugares
sin vacilación al anochecer,
sosiega el disgusto de las deidades
con tu tierno y cálido coqueteo.

Tú, avecilla de cuerpo y blancas alas,
humedece de esperanza estas tierras:
es la inocencia azul de tu interior
el remedio al mal llamado rencor.

Publicado en Revista El Humo: Aves

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