“El espesor de la oscuridad lo calla todo…”
Van Manek/Una nariz, una boca, unos labios

Pepe se despertó a las diez de la mañana. Los rayos del sol se colaban por las aberturas de las cortinas grises de su habitación. No quería levantarse; una cruda torturadora le estrujaba el cuerpo entero. Sin embargo, el deber de ir a la escuela a presentar su examen final de matemáticas y unas ganas tremendas de vomitar lo orillaron a lanzar las cobijas a un lado.

Corrió al baño de su habitación. Durante unos instantes depositó en el lavabo el exceso de carga etílica que traía en las entrañas. Ya como botella vacía de brandy, decidió meterse a bañar.

—¡Me lleva el pito! ¡La toalla…! —exclamó y salió temblando del baño.

Lo primero que tuvo más a mano para secarse fue una de sus playeras que estaba tirada cerca de su cama. Miró su reloj de pared y se arregló: un pantalón azul de mezclilla, una playera blanca, una camisa negra y tenis le bastaron para estar presentable (al menos por fuera).

Salió de su casa y caminó por la calle donde está la tienda en la que a veces se reunía a tomar cerveza junto a sus cuates. Todo estaba en calma; pero el calor de casi mediodía, la prisa y el dolor de cabeza hacían sus pasos de espuma. Como no era la primera vez que se emborrachaba entre semana, podía lidiar con los malestares sin ningún problema. Además el haber amordazado por unas horas los chismes de los vecinos disminuyó un poco el miedo y la angustia que sentía desde días atrás.

Llegó a la escuela, presentó su examen y regresó a su casa. Lo único que quería hacer era tomarse una cerveza para disminuir la resaca y acostarse a dormir. Nada fuera de lo común sucedió durante el trayecto de ida y vuelta, pero se distrajo (como nunca lo había hecho) percibiendo lo que encontraban sus sentidos durante el viaje:

Las pintas en las fachadas, los rostros duros y perdidos, los semáforos, el sinfín de las avenidas, la textura del asiento y los tubos del microbús; los perfumes de algunas chicas mezclados con los demás aromas que deambulan en el ambiente, los motores de los automóviles, el sabor de la paleta de menta que le compró a un muchacho de esos que se suben al transporte público y envuelven a los pasajeros con su discurso de que acaban de salir del reclusorio… bla, bla, bla; el color árboles y todas esas cosas que por costumbre ignoraba, le dejaban una pequeña huella de nostalgia y melancolía venidera.

Cruzó la avenida, encendió un cigarro y recordó el asalto a la tienda. Le preocupaba que los chismes no fueran chismes: decían que el Gringo había salido de la cárcel y que lo estaba buscando con la intención de silenciarlo.

El Gringo era un tipo de cuidado y no se andaba con cuentos a medias. Adicto a la piedra, alcohólico y rata digna de ser reina de las coladeras, lo mismo le daba robar a los jóvenes que a la gente mayor de la colonia. Si te metías en sus asuntos o te le ponías de igual a igual, seguro te golpeaba o de plano te mataba. Le importaba poco lo que pasara. Una noche convulsionó a puro golpe seco a unos muchachos que no le quisieron dar dinero, y otra agarró a machetazos a unos que le chocaron su carro. A la mayoría de los vecinos ya los tenía hartos, pero por temor a que tomara represalias contra ellos se quedaban callados. El temor posibilita o limita el silencio.

La tarde del asalto, Pepe, sin querer e inmóvil debido a la impresión, vio de lejos lo que pasó. El Gringo agarró por la espalda al chofer del camión de refrescos mientras uno de sus compinches le quitaba el dinero y otro amedrentaba con un cuchillo a su ayudante. Una vez que el Gringo se percató de que su compinche ya tenía el dinero, tiró al chofer al suelo y le piso varias veces la cabeza. El otro le enterró dos veces el cuchillo al ayudante y le propinó un par de patadas. Chofer y ayudante quedaron tirados afuera de la tienda.

Después del susto que le causó ver aquella escena, Pepe pensó que era momento de poner un alto a la violencia que se vivía a diario en la colonia por culpa del Gringo.

Antes de entrar a la tienda, Pepe dio un último jale a su cigarro, miró hacia su hogar y se quedó dormido.

Cuando llegaron las patrullas y la ambulancia, los vecinos salieron de sus casas. Todo se quedó en: “Fue un asalto. Quién sabe de dónde eran los rateros. Puta inseguridad”.

Nada volvió a ser igual.

Alguien le dijo al Gringo que Pepe estaba cerca de la tienda.

Publicado en Revista (R)registro #30 Silencio

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